martes 13 de mayo de 2008

Rodney Richards

USA



Evolución de un diagnóstico: cómo un resultado positivo a anticuerpos del VIH se convirtió en equivalente a tener VIH, Parte II


Si, como sostienen la FDA y los fabricantes de los tests de anticuerpos del VIH, realmente no se conoce la significación de un resultado positivo al Western Blot (WB) en donantes de sangre sanos (o en cualquiera sin síntomas de SIDA), ¿qué pudo haber motivado a la FDA a aprobar el WB para su uso en esta población? De hecho, hubo una razón de mucho peso para esta aprobación, y no tenía nada que ver con confirmar que las personas estaban infectadas con VIH.

Con el lanzamiento del test ELISA de Abbot en 1985, era bien sabido que la amplia mayoría de resultados positivos en donantes de sangre muy probablemente representaría falsos positivos (1). En efecto, según las estimaciones de los expertos, por lo menos 25.000 unidades de sangre daban resultados falsamente positivos para anticuerpos del VIH, sólo en el primer año de análisis (2), y para el momento en que el WB fue aprobado, este número superaba los 50.000.

Lo que los expertos no enfatizan es que, según las pautas de los CDC (3), los bancos de sangre debían informar, a cada uno de estos donantes, que podían estar infectados con VIH, y que debían tratarse con sus médicos clínicos. Lamentablemente, en ese momento los clínicos no tenían herramientas aprobadas por la FDA que pudieran ser usadas para distinguir resultados falsos positivos de los verdaderos positivos. Así, el costo humano de la protección de las reservas de sangre fue el condenar, cada año, a decenas de miles de donantes de sangre sanos a una vida puesta en riesgo, una vida de miedo y ansiedad, como consecuencia de resultados falsos positivos de análisis. Esto fue más que un problema: fue una catástrofe silenciosa.

Es preciso recordar que en el momento en que estos donantes sanos fueron informados de que podían estar infectados, no existía ninguna opción de tratamiento, y esta infección ya había sido inflada por los medios de comunicación de forma tal que resultaba una sentencia de muerte implícita. Más aún, dado que el único factor de riesgo posible para estos donantes era el sexo heterosexual, se les agregaba la carga adicional de pensar a cuántas otras personas podrían haber ellos mismos condenado a muerte.

Si bien algunos pueden haber tenido la fortaleza de llevar este peso en silencio, es probable que muchos hayan sentido una responsabilidad moral y ética de compartir estas malas noticias con sus contactos, para detener el avance del estrago que posiblemente habían causado. En otras palabras, como un contagio, el miedo y la angustia provocados por estos 50.000 falsos diagnósticos se extendió mucho más allá de las víctimas directas, y aunque cada uno de estos individuos ignoraba que había decenas de miles de otros peleando la misma batalla, las autoridades de la salud pública eran totalmente conscientes de que habían creado una epidemia de temor y confusión que podía crecer tan rápidamente como la misma epidemia que buscaban evitar.

En un escenario normal, las autoridades podrían haber aprovechado este miedo tan difundido, como herramienta para motivar comportamientos considerados de interés público. Por ejemplo, el terror provocado por la noticia de que la epidemia del SIDA ya se había extendido a la población heterosexual podría bien haber servido para alentar la abstinencia (para la gente de derecha) o, alternativamente, el uso de condones (para la gente de izquierda). Sin embargo, en este caso específico, había un problema: la amplia mayoría de estos donantes estaban entre los más sanos de los sanos. Claramente, si el VIH iba a ser presentado a la población como una sentencia de muerte inapelable, había que hacer algo para demostrar que estos individuos no estaban infectados, y ese algo fue la aprobación del WB en 1987.

Específicamente, como resultado de esta aprobación, las 50.000 personas a quienes ya se había dicho que podían estar infectadas con el VIH podían ser tranquilizadas e informadas de que no estaban infectadas, gracias a un resultado o bien negativo o bien “persistentemente indeterminado” del test de WB (3). Es por este motivo que la FDA aprobó el WB en 1987: no para confirmar a las personas como positivas para anticuerpos (o sea, un resultado de significación desconocida), sino más bien para confirmar a los donantes de sangre sanos como negativos para anticuerpos (o sea, un resultado de inmensa significación). De hecho, al día de hoy, este producto probablemente ha salvado a casi medio millón de donantes (y a sus familias y sus contactos sexuales) de las devastadoras consecuencias psicológicas y sociológicas de ser informados de que podían estar infectados con un virus mortal, sobre la base de un análisis falso positivo.

Si bien ésta fue, por cierto, una buena noticia para los donantes de sangre, simultáneamente resultó ser una pesadilla para los epidemiólogos: en particular, para aquellos que estaban activamente tratando de apuntalar el vínculo que percibían entre el VIH y el SIDA. Específicamente, a pesar de que al Department of Health and Human Services (DHHS) le parecía que la correlación del 36% entre el VIH y el SIDA según las revelaciones de Gallo et al en 1984 era suficiente para anunciar a los medios de comunicación de todo el mundo que la probable causa del SIDA había sido descubierta, la comunidad de investigadores sabía que esta hipótesis jamás sobreviviría la prueba del tiempo, a menos que la correlación percibida entre este germen y el nuevo síndrome pudiera ser sustancialmente reforzada.

Dado que ya en 1985 los investigadores podían usar el WB para confirmar la presencia de anticuerpos del VIH en hasta el 80% de los pacientes de SIDA, la posibilidad de utilizar tests de anticuerpos para declarar infección parecía sumamente atractiva, y como se señaló más arriba, los CDC ya se habían ocupado de montar la escena adecuada. Lamentablemente, el surgimiento de decenas de miles de donantes de sangre positivos (pero sanos y fuera de riesgo) en los dos años siguientes impidió que esto sucediera. Y, si bien el WB podía ser utilizado con éxito para demostrar que la amplia mayoría (alrededor del 95%) de estos donantes sanos efectivamente no estaban infectados, pudieron hacerlo solamente mediante la adopción de un conjunto de reglas muy estricto (o sea, criterio interpretativo) para declarar el WB como positivo. En otras palabras, cuanto más difícil fuera dar positivo en WB, más positivos por ELISA podían ser declarados negativos. La consecuencia desalentadora de este criterio estricto, sin embargo, fue que sólo alrededor de la mitad de todos los pacientes de SIDA podía ahora ser confirmada como positivos a anticuerpos del VIH. (4).

Ya habían pasado tres años desde que la probable causa del SIDA fuera anunciada al mundo, y los epidemiólogos todavía no podían establecer una correlación siquiera remotamente respetable entre el hipotético germen de Gallo y el nuevo síndrome. Con el sacrificio del WB para salvar a los donantes de sangre, los epidemiólogos estaban de regreso al punto de partida; sin embargo, esta vez, no sólo carecían de correlación, sino también de cualquier herramienta científica que pudiera ser utilizada para establecer una correlación. Con este panorama, quizás resulte más fácil entender por qué los CDC tuvieron que inventar cosas de la nada ya en 1987: el hecho de que la evidencia de infección podía ser demostrada sólo en alrededor de la mitad del total de pacientes de SIDA era inaceptable, y se precisaba una agresiva política de control de daños.

Para empezar, los CDC siguieron adelante con la proclamación de “los anticuerpos indican infección actual”, detallada en su publicación del 14 de agosto de 1987. Esto al menos permitió a los científicos crear la impresión de que alrededor de la mitad del total de pacientes de SIDA estaban infectados. Además, con la implementación de las pruebas de WB en 1987, sólo alrededor de uno de cada diez mil donantes de sangre debía ahora ser informado de que estaba infectado (alrededor de 1.500 personas por año); y a pesar de que la FDA y los fabricantes insistieran en que no se conoce la significación de tales resultados del test, decir a estos donantes que estaban infectados era, por lo visto, un costo suficientemente bajo, para obtener la ilusión de un test de laboratorio para el VIH (o sea, una declaración de infección mediante la detección de anticuerpos en WB). Pero, de todos modos, ¿cómo hicieron los CDC para crear la ilusión de que la otra mitad de sus pacientes de SIDA estaba también infectada?

Pues bien, exactamente el mismo día en que los CDC armaron el cuento de “los anticuerpos indican infección actual”, también modificaron la definición de caso de SIDA, para que las personas percibidas como enfermas de SIDA pudieran ser declaradas infectadas, ya fuese sólo sobre la base del test ELISA, o incluso en ausencia de cualquier tipo de test (esto es, diagnósticos presuntivos), si tenían confirmadas ciertas enfermedades consideradas indicativas de enfermedad-por-VIH (5).

¿Cómo justificaron los CDC estos diagnósticos presuntivos? “Porque no contarlos sería ignorar una morbilidad sustancial resultante de la infección por VIH.” Y si esto no fuera lo suficientemente absurdo, en los casos de personas con PCP o con bajo recuento de células T (<>

Si bien los CDC lograron evitar el desastre que representaba el lanzamiento del WB aprobado por la FDA en 1987, sabían que sus actos desesperados sólo servirían como paliativo de corto plazo, y que habría que tomar ulteriores medidas. Durante los años siguientes, los CDC continuarían enfatizando la armonía percibida entre infección y SIDA clínico, promoviendo mitos sobre anticuerpos que desaparecían en pacientes de SIDA (esto es, los pacientes de SIDA no tienen resultados positivos en WB porque han perdido su capacidad de producir anticuerpos), y finalmente alentando a los centros de análisis y diagnóstico a usar, una vez más, simplemente un criterio diferente para medir los resultados del WB.

¿Y cuál fue la justificación de los CDC para alentar el uso de este nuevo criterio de WB? Para decirlo simplemente: el nuevo criterio maximizaba el número de pacientes de SIDA y de homosexuales sanos que podían ser calificados como infectados. Es más, dado que las personas con resultados indeterminados según el anterior criterio podían ser ahora calificados como infectados, esto “reduciría el ... costo y la dificultad de atender personas con resultados indeterminados, y el costo del análisis de muestras.” (7) En otras palabras, ¿para qué gastar tiempo y dinero en análisis de seguimiento de pacientes con resultados indeterminados (un ejercicio que podría revelar que no estaban infectados), cuando se puede simplemente decirles desde un principio que están infectados? Esto también serviría para resguardar a los pacientes de la confusión y la angustia asociadas con resultados indeterminados.

Así, mientras los bancos de sangre usaban un conjunto de reglas para identificar a personas positivas en WB, los laboratorios de análisis y diagnóstico, a instancias de los CDC, estaban usando otro. Siguiendo esta práctica, los científicos podían seguir minimizando el número de donantes de sangre que debían ser informados de que estaban infectados (utilizando el criterio de la FDA), y al mismo tiempo maximizar el número de homosexuales, bisexuales y consumidores de droga que podían ser informados de que estaban infectados (utilizando el criterio de los CDC). Sin embargo, esta duplicidad no podía esconderse eternamente, y para los CDC la única esperanza de establecer un vínculo creíble entre la percibida infección con VIH y el SIDA era hacer campaña por un cambio formal en los criterios aprobados por la FDA para calificar un resultado de WB como positivo. Su persistencia fue recompensada cuando casi seis años más tarde, en 1993, la FDA aprobó un nuevo kit de WB que utilizaba el criterio de los CDC para definir las muestras como positivas.

Los científicos estaban tan involucrados en el debate sobre cuál deberían ser los criterios apropiados para declarar un WB como positivo, que prácticamente se olvidaron de que la proclama original de los CDC (“los anticuerpos indican infección actual”) no tenía ningún mérito. Para 1993, tener un resultado positivo para anticuerpos en WB (correctamente o no) se había convertido en sinónimo de estar infectado. Con el criterio recientemente aprobado para calificar los resultados de WB, finalmente podía demostrarse infección en la amplia mayoría de pacientes con SIDA clínico. Pero quedaba un último obstáculo. Incluso con los nuevos y corregidos criterios para calificar el WB, existía un número sustancial de pacientes de SIDA en los cuales no podía confirmarse ninguna evidencia de anticuerpos, y para que el VIH fuera la causa putativa del SIDA, necesariamente debía encontrarse en el 100% de los pacientes.

Entonces, ¿cómo se manejaron los expertos con estos pacientes de SIDA con resultados negativos para anticuerpos? Simplemente los reclasificaron como enfermos de algo que no fuera SIDA. Después de todo, hacia fines de 1992 los casos informados de SIDA acumulados ya habían alcanzado el cuarto de millón, y la pérdida de unos pocos miles de casos de SIDA eran sólo una gota en el mar, un costo bajísimo para lograr una correlación perfecta entre VIH y SIDA. En otras palabras, los CDC construyeron una correlación perfecta del 100% entre el VIH y el SIDA, simplemente librándose de todos los pacientes de SIDA para los cuales no podía encontrarse evidencia de VIH. El único problema era: si no tenían SIDA, ¿qué tenían estos pacientes? Bueno, nadie lo sabía, pero si no tenían evidencia de VIH, no podían tener SIDA, por lo que los epidemiólogos simplemente inventaron para ellos un nuevo síndrome; y para hacerlo sonar más real, le dieron un nombre oficial: linfocitopenia idiopática de células T CD4+, o LCI.

Finalmente, nueve años después, los CDC tenían su correlación. De hecho, tan atractiva resultó esta correlación, que en 1993 los CDC corrigieron su definición de caso de SIDA, para incluir el análisis de anticuerpos confirmado como prerrequisito para un diagnóstico de SIDA. En otras palabras, dado que la nueva definición de caso requería que las personas tuvieran resultados positivos en ELISA y WB antes de que se las considerara un caso de SIDA, la correlación entre el percibido VIH y el SIDA necesariamente sería, en el futuro, un autorreferencial 100%. Es más: la minoría de pacientes que se perderían para las estadísticas del SIDA a consecuencia del LCI (o sea, personas enfermas en grupos de riesgo que no tuvieran resultados positivos en WB, o pacientes de LCI) ni siquiera se notarían, porque los CDC también expandieron notablemente la lista de condiciones que podían ser usadas para declarar a otras personas con resultados positivos para anticuerpos, pacientes de SIDA. Y finalmente, en los casos en los cuales los investigadores o los médicos realmente querían que un paciente de LCI tuviera SIDA (por ejemplo, para tratarlo con drogas antirretrovirales), podían simplemente invocar el principio del anticuerpo desaparecido.

Si bien es indudable que 1993 fue un año emblemático para los CDC, su victoria no fue gratuita. Específicamente, con la adopción del criterio liberal de los CDC para los resultados de WB, los investigadores asociados a bancos de sangre notaron un repentino y estadísticamente significativo aumento en el número de donantes de sangre que debían ser informados de que estaban infectados (8, 9). Y, a pesar del hecho de que era sabido que este nuevo criterio tendía a dar reacciones falsas positivas (10, 11), y de que los extensivos estudios de seguimiento (8, 9) han indicado que “la mayoría de estos [nuevos] resultados son falsos positivos” (9), y de que los falsos positivos que resultan del criterio de los CDC “pueden representar tanto como el 10% de todas las interpretaciones de VIH positivo entre las poblaciones donantes” (12), la comunidad de investigadores sigue en silencio – aparentemente satisfecha de sacrificar a sabiendas las vidas de estos donantes a cambio de la ilusión de una correlación entre el VIH y el SIDA.

Dado que la FDA y los fabricantes de estos tests sostienen que no se conoce la significación de un ELISA y de un WB positivos en donantes sanos, puede que el 100% de las personas en poblaciones de bajo riesgo que han sido informadas de que están infectadas, sean en realidad VIH negativas. Sin embargo, saber con certeza que por lo menos el 10% de individuos de bajo riesgo diagnosticados con VIH desde 1993 en realidad no están infectados, y no hacer nada al respecto, es increíble. Según los autores de uno de los estudios antes mencionados, “nuestros datos sugieren que entre 48 y 56 donantes de sangre son mal clasificados cada año como infectados con VIH, sobre la base de una combinación de resultados falsos positivos de EIA y WB.” (10) Ciertamente, éstas no son cifras astronómicas, pero los autores continúan enfatizando que “La clasificación errónea de incluso una sola persona no infectada con el VIH como infectada con el VIH tiene serias consecuencias para esa persona, para su familia, y para la institución que realiza la notificación.” (10)

Entonces, ¿por qué no se hace nada para rectificar este problema? Según los autores de uno de los estudios que descubrieron WB falsos positivos surgidos del criterio de los CDC: “Después de analizar los resultados del presente estudio con científicos de los CDC y de la FDA, decidimos que en este momento no se justificaba una corrección de los criterios de interpretación del WB. Las razones son que los beneficios para la salud pública de la correcta clasificación de un gran número de personas infectadas como positivas según los criterios actuales (más que su errónea clasificación como indeterminadas según los criterios anteriores) son más importantes que los raros casos de WB falsos positivos.” (9)

En otras palabras, dado que muchos más hombres gay, bisexuales y consumidores de drogas endovenosas pueden ser informados de que están infectados según los actuales criterios, esto debe ser lo correcto, y vale la pena decir deliberadamente a unos pocos donantes de sangre VIH-negativos que están infectados.


Notas y referencias

1. CDC. "Provisional public health services inter-agency recommendations for screening donated blood and plasma for antibody to the virus causing acquired immunodeficiency syndrome." MMWR January 11, 1985; 34: 1-5.

2. Leitman SF, et al. "Clinical implications of positive tests for antibodies to Human Immunodeficiency Virus Type I in asymptomatic blood donors." NEJM 1989; 321: 917-24.

3. Si bien los fabricantes de tests WB no dicen formalmente que sus tests pueden ser usados para excluir infección (porque la persona puede haberse infectado recientemente y por lo tanto no haber desarrollado la respuesta de anticuerpos necesaria para dar positivo, o sea seroconversión), el WB se usaba, y sigue siendo usado, con este propósito. De hecho, los CDC finalmente promoverían el uso del WB con este fin en 1989 (ver referencia más abajo). En la práctica de rutina, y dependiendo de la muestra para análisis utilizada, entre 1/300 y 1/1000 de las muestras de sangre donada darán repetidamente positivo en el análisis con ELISA. Dado que en los EEUU anualmente se donan aproximadamente 15 millones de unidades de sangre, esto correspondería a entre 15.000 y 45.000 resultados positivos por año. Dependiendo del banco de sangre, el seguimiento con análisis de WB revelará que entre el 90% y el 99% de estos resultados son falsos positivos. Lamentablemente, casi un tercio de estos falsos positivos inicialmente dará un resultado “indeterminado” en WB, lo que implica que el paciente debe hacerse las pruebas nuevamente en 1 a 3 meses para confirmar que su resultado inicial no representaba seroconversión. Si sus muestras de seguimiento dan o bien negativo en ELISA o bien positivo en ELISA pero negativo o nuevamente indeterminado (“persistentemente indeterminado”) en WB, puede tranquilizarse al paciente porque “casi ciertamente no está infectado.” (CDC. MMWR July 21, 1989; 38/S-7:1-7.)

4. The Consortium for Retrovirus Serology Standardization. "Serological diagnosis of Human Immunodeficiency Virus infection by Western blot testing." JAMA 1988; 260: 674-9.

5. CDC. "Revision of the CDC surveillance case definition for Acquired Immunodeficiency Syndrome." MMWR (Supplement) August 14, 1987; 36/No. 1S: 1-15S.

6. Center for Infectious Disease, Centers for Disease Control. "AIDS weekly surveillance report – United States AIDS program." December 28, 1987.

7. Sayre KR, et al. "False-positive human immunodeficiency virus type 1 Western blot tests in non-infected blood donors." Transfusion 1996; 36: 45-52.

8. Kleinman S, et al. "False-positive HIV-1 test results in a low-risk screening setting of voluntary blood donation." JAMA 1998; 280: 1080-5.

9. Aberie-Grasse J, et al. "Impact on human immunodeficiency virus type I (HIV-1) seroprevalence of the change in HIV-1 Western blot criteria." Transfusion 1997; 37: 246-7.

10. Bukrinsky MI, et al. "Reactivity to gag- and env-related proteins in immunoblot assay is not necessarily indicative of HIV infection." AIDS 1988; 2: 405-406.

11. Healey DS and Bolton WV. "Apparent HIV-1 glycoprotein reactivity on Western blot in uninfected blood donors." AIDS 1993; 7: 655-8.

12. Dodd RY and Stramer SL. "Indeterminate results in blood donor testing: What you don’t know can hurt you." Transfus Med Rev 2000; 14: 151-60.

© 2007 by Rodney Richards
publicado originalmente en You Bet Your Life



traducción: Gabriela Adelstein, Buenos Aires, 2008

lunes 12 de mayo de 2008

Fabrizio De André

Italia (1940-1999)




Bocca di Rosa

La chiamavano Bocca di Rosa,
metteva l'amore, metteva l'amore,
la chiamavano Bocca di Rosa
metteva l'amore sopra ogni cosa.

Appena scese alla stazione
nel paesino di Sant'Ilario
tutti si accorsero con uno sguardo
che non si trattava di un missionario.

C'è chi l'amore lo fa per noia
chi se lo sceglie per professione
Bocca di Rosa né l'uno né l'altro
lei lo faceva per passione.

Ma la passione spesso conduce
a soddisfare le proprie voglie
senza indagare se il concupito
ha il cuore libero oppure ha moglie.

E fu così che da un giorno all'altro
Bocca di Rosa si tirò addosso
l'ira funesta delle cagnette
a cui aveva sottratto l'osso.

Ma le comari di un paesino
non brillano certo in iniziativa
le contromisure fino a quel punto
si limitavano all'invettiva.

Si sa che la gente dà buoni consigli
sentendosi come Gesù nel tempio,
si sa che la gente dà buoni consigli
se non può più dare cattivo esempio.

Così una vecchia mai stata moglie
senza mai figli, senza più voglie,
si prese la briga e di certo il gusto
di dare a tutte il consiglio giusto.

E rivolgendosi alle cornute
le apostrofò con parole argute:
"il furto d'amore sarà punito" -
disse- "dall'ordine costituito".

E quelle andarono dal commissario
e dissero senza parafrasare:
"quella schifosa ha già troppi clienti
più di un consorzio alimentare".

E arrivarono quattro gendarmi
con i pennacchi, con i pennacchi,
e arrivarono quattro gendarmi
con i pennacchi e con le armi.

Il cuore tenero non è una dote
di cui sian colmi i carabinieri
ma quella volta a prendere il treno
l'accompagnarono malvolentieri.

Alla stazione c'erano tutti
dal commissario al sagrestano
alla stazione c'erano tutti
con gli occhi rossi e il cappello in mano,

a salutare chi per un poco
senza pretese, senza pretese,
a salutare chi per un poco
portò l'amore nel paese.

C'era un cartello giallo
con una scritta nera
diceva "Addio Bocca di Rosa
con te se ne parte la primavera".

Ma una notizia un po' originale
non ha bisogno di alcun giornale
come una freccia dall'arco scocca
vola veloce di bocca in bocca.

E alla stazione successiva
molta più gente di quando partiva
chi mandò un bacio, chi gettò un fiore
chi si prenota per due ore.

Persino il parroco che non disprezza
fra un miserere e un'estrema unzione
il bene effimero della bellezza
la vuole accanto in processione.

E con la Vergine in prima fila
e Bocca di Rosa poco lontano
si porta a spasso per il paese
l'amore sacro e l'amor profano.


1967


domingo 11 de mayo de 2008

Gabriel Celaya

España (1911-1991)



La poesía es un arma cargada de futuro

Cuando ya nada se espera personalmente exaltante,
mas se palpita y se sigue más acá de la conciencia,
fieramente existiendo, ciegamente afirmado,
como un pulso que golpea las tinieblas,

cuando se miran de frente
los vertiginosos ojos claros de la muerte,
se dicen las verdades:
las bárbaras, terribles, amorosas crueldades.

Se dicen los poemas
que ensanchan los pulmones de cuantos, asfixiados,
piden ser, piden ritmo,
piden ley para aquello que sienten excesivo.

Con la velocidad del instinto,
con el rayo del prodigio,
como mágica evidencia, lo real se nos convierte
en lo idéntico a sí mismo.

Poesía para el pobre, poesía necesaria
como el pan de cada día,
como el aire que exigimos trece veces por minuto,
para ser y en tanto somos dar un sí que glorifica.

Porque vivimos a golpes, porque apenas si nos dejan
decir que somos quien somos,
nuestros cantares no pueden ser sin pecado un adorno.
Estamos tocando el fondo.

Maldigo la poesía concebida como un lujo
cultural por los neutrales
que, lavándose las manos, se desentienden y evaden.
Maldigo la poesía de quien no toma partido hasta mancharse.

Hago mías las faltas. Siento en mí a cuantos sufren
y canto respirando.
Canto, y canto, y cantando más allá de mis penas
personales, me ensancho.

Quisiera daros vida, provocar nuevos actos,
y calculo por eso con técnica qué puedo.
Me siento un ingeniero del verso y un obrero
que trabaja con otros a España en sus aceros.

Tal es mi poesía: poesía-herramienta
a la vez que latido de lo unánime y ciego.
Tal es, arma cargada de futuro expansivo
con que te apunto al pecho.

No es una poesía gota a gota pensada.
No es un bello producto. No es un fruto perfecto.
Es algo como el aire que todos respiramos
y es el canto que espacia cuanto dentro llevamos.

Son palabras que todos repetimos sintiendo
como nuestras, y vuelan. Son más que lo mentado.
Son lo más necesario: lo que no tiene nombre.
Son gritos en el cielo, y en la tierra son actos.


en Cantos íberos, 1955



por Paco Ibáñez


sábado 10 de mayo de 2008

Anne Bredon

USA (1931)



Babe, I'm gonna leave you

Babe, I'm gonna leave you
tell you when I'm gonna leave you
leave you when ol'summer time,
summer comes a-rolling
leave you when ol'summer comes along

Babe, the highway is a-callin'
the old highway's a-callin'
callin'me to travel on,
travel on out westward
callin'me to travel on alone

Babe,I'd like to stay here
you know I'd really like to stay here
my feet start goin'down,
goin'down the highway
my feet start goin'down, goin'down alone

Babe,I got to ramble
You know I got to ramble
My feet start goin'down and I got to follow
my feet start goin'down, and I got to go





por Joan Baez



por Led Zeppelin


viernes 9 de mayo de 2008

Ana María Shua

Argentina (1951)
en Clarín, 15.04.01

jueves 8 de mayo de 2008

libélula

foto: André Karwath


miércoles 7 de mayo de 2008

Ursula K. LeGuin

USA (1929)



Los que se alejan de Omelas
(Variaciones sobre un tema de William James)


Con un clamor de campanas que impulsó a las golondrinas a levantar el vuelo, el Festival del Verano llegaba a la ciudad de Omelas, que descollaba radiante junto al mar. En el puerto, los aparejos de los barcos destellaban con banderas. En las calles, entre las casas de rojos tejados y pintadas tapias, entre los viejos jardines donde crece el musgo y bajo los árboles de las avenidas; frente a los grandes parques y los edificios públicos desfilaba la multitud. Decorosos ancianos con largas túnicas rígidas malva y gris; graves y silenciosos artesanos, alegres mujeres que llevaban a sus hijos y charlaban al caminar. En otras calles, la música sonaba más veloz, un trémulo de batintines y panderetas y la gente iba bailando; la procesión era una danza. Los niños correteaban de una parte a otra y sus gritos se alzaban sobre la música y los cantos como el vuelo cruzado de las golondrinas. Todos los desfiles serpenteaban hacia el norte de la ciudad, donde en la gran vega llamada Verdes Campos, chicos y chicas, desnudos en el luminoso aire, con los pies, los tobillos y los largos y ágiles brazos salpicados de lodo ejercitaban a sus inquietos caballos antes de la carrera. Los caballos no llevaban ningún tipo de pertrecho, sólo un ronzal sin bocado. Las crines trenzadas con cordones de plata, oro y verde. Resoplaban por los dilatados ollares, hacían cabriolas y se engallaban. Al ser el caballo el único animal que había adoptado nuestras ceremonias como propias, se hallaba muy excitado. A lo lejos, por el norte y el oeste, las montañas se alzaban sobre la bahía de Omelas casi envolviéndola. El aire de la mañana era tan límpido que la nieve, coronado aún los Ocho Picos, despedía reflejos oro y blanco a través de las millas de aire iluminado por el sol, bajo el azul profundo del cielo. Soplaba el suficiente viento como para que los gallardetes que marcaban el curso de la carrera ondearan y chasquearan de vez en cuando. En el silencio verde de la amplia vega se oía la música que recorría las calles de la ciudad, y de todas partes y acercándose siempre, una alegre fragancia de aire que de vez en cuando se acumulaba y estallaba con el gozoso repique de las campanas.

¡Gozoso! ¿Cómo se puede explicar el gozo? ¿Cómo describir a los habitantes de Omelas?

No eran personas simples, aunque sí felices. Pero no pronunciaremos más palabras de alabanza. Todas las sonrisas se han vuelto arcaicas. Al proceder a una descripción como ésta, uno tiende a hacer ciertas suposiciones, a dar la impresión de que busca un rey montado en un espléndido corcel y rodeado de nobles caballeros, o quizás en una litera dorada conducida por altos y musculosos esclavos. Pero no había rey. No usaban espadas ni poseían esclavos. No eran bárbaros. Desconozco las reglas y leyes de su sociedad pero sospecho que eran singularmente escasas. Al igual que se regían sin monarquía ni esclavitud, tampoco necesitaban la bolsa de valores, la publicidad, la policía secreta y la bomba. Sin embargo, repito que no era un pueblo simple; nada de dulces pastores, nobles salvajes ni blandos utópicos, ni menos complejos que nosotros. El mal estriba en que nosotros poseemos malos hábitos, animados por pedantes y sofisticados empeñados en considerara la felicidad como algo estúpido. Sólo el dolor es intelectual. Sólo el mal es interesante. Es la traición del artista: la negativa a admitir la banalidad del mal y el terrible fastidio del dolor. Si no puedes morder no enseñes los dientes. Si duele, vuelve a dar. Pero alabar el desespero es condenar el deleite; aceptar la violencia es perder la libertad para todo lo demás. Nosotros casi la hemos perdido; ya no podemos describir la felicidad de un hombre ni manifestar una alegría. ¿Cómo definir al pueblo de Omelas? No eran cándidos ni niños felices -aunque a decir verdad, sus hijos si lo eran- sino adultos maduros, inteligentes, apasionados, cuya vida no era desventurada. ¡Oh milagro! Mas, ¡ojalá supiera explicarlo mejor y convencerles! Omelas produce la impresión según mis palabras, de un país de un cuento de hadas: érase una vez hace mucho tiempo. Quizá fuera mejor que se lo imaginaran según su propia fantasía, teniendo en cuenta que me pondría a la altura de las circunstancias, pues lo que si es cierto es que no puedo armonizar con todos. Por ejemplo, ¿qué pasaba con la tecnología? Creo que no había coches ni helicópteros ni en las calles ni por encima de ellas, como lógica consecuencia de que el pueblo de Omelas era feliz. La felicidad se basa en una justa discriminación de lo que es necesario, de lo que no es ni necesario ni destructivo y de lo que es destructivo. Sin embargo, en la categoría intermedia -la de lo innecesario pero no destructivo, la del confort, lujo, exuberancia, etc.-, podían perfectamente poseer calefacción central, ferrocarriles subterráneos, máquinas lavadoras y toda clase de maravillosos ingenios que aún no se han inventado aquí; fuentes luminosas flotantes, poder energético, una cura para los catarros comunes o nada de eso; no importa, como lo prefieran. Me inclino a pensar que las personas que han estado viniendo a Omelas desde todos los puntos de la costa durante estos últimos días antes del Festival, lo hicieron en pequeños trenes muy rápidos y en tranvías de dos pisos, y que la estación de ferrocarriles de Omelas es el edificio más bello de la ciudad, aunque más sencillo que el magnifico Mercado Agrícola. Pero aún, concediendo que hubiera trenes, temo que, hasta ahora, Omelas produzca en algunos de mis lectores la impresión de una ciudad gazmoña y cursilona. Sonrisas, campanas, desfiles caballos, garambainas. En tal caso, agreguen una orgía. Si les sirve una orgía no vacilen. No obstante, no le pongamos templo que, con hermosos sacerdotes y sacerdotisas desnudos, casi en éxtasis, se hallen dispuestos a copular con quien sea, hombre o mujer, amante o extraño, por el deseo de unión con la profunda divinidad de la sangre, aunque ésa fue mi primera idea. Pero sería mejor no levantar templos en Omelas, por lo menos templos habitados. Religión, si. Clero, no. Por supuesto, los hermosos desnudos pueden deambular ofreciéndose como divinos suflés al hambriento del éxtasis de la carne. Que se incorporen a los desfiles. Que repiquen las panderetas sobre las cópulas y la gloria del deseo se proclame sobre los batintines y (un punto muy importante) que los vástagos de esos deliciosos rituales sean amados y atendidos por todos. Sé que en Omelas hay algo que nadie considera delito. Pero, ¿Que puede ser? Al principio pensé si no serían las drogas, pero eso es puritanismo. Para los que les gusta, la tenue y persistente fragancia del drooz perfuma las calles de la ciudad; el drooz, que al principio otorga una gran lucidez mental y fuerza a los miembros, y finalmente maravillosas visiones con las que penetras en los misterios y secretos más profundos del universo a la vez que excita el placer del sexo hasta lo indecible; y no crea hábito. En cuanto a los gustos más modestos, creo que debería ser la cerveza. ¿Qué otra cosa incumbe a la jubilosa ciudad? Sin dudad, la sensación de la victoria, la evocación del valor. Sin embargo, si suprimimos al clero, procedamos igual con los soldados. El júbilo que se erige sobre crímenes impunes no es verdadero júbilo; nunca lo será; es horrendo e inútil. Una satisfacción ilimitada y generosa, un magnífico triunfo que se experimenta no contra un enemigo de fuera, sino por la comunión de las almas más delicadas y hermosas de todos los hombres y el esplendor del verano del mundo es lo que inunda el corazón de los habitantes de Omelas y la victoria que celebran es la de la vida. En realidad, no creo que necesiten drogarse.

Casi todos los desfiles habían llegado ya a los Verdes Campos. Un delicioso aroma de manjares surge de las tiendas rojas y azules de los abastecedores. Las caras de los niños pequeños están llenas de graciosos pringues; en la afable barba gris de un hombre, se han enredado unas cuantas migas de un rico pastel. Los muchachos y muchachas han montado en sus caballos y comienzan a agruparse en la línea de salida. Una anciana, pequeña, gorda y sonriente, distribuye flores que saca de una cesta y un joven alto las prende en su cabello. Un niño de nueve o diez años se sienta al borde de la multitud, solo, jugando con una flauta de madera. La gente se detiene a escuchar y sonríe, pero no le hablan pues nunca deja de tocar ni tampoco los ve; sus ojos negros están totalmente absortos en la dulce y tenue magia de la melodía.

Termina y lentamente alza las manos sosteniendo la flauta de madera.

Como si ese breve y reservado silencio fuese una señal, se oye de pronto el toque de una corneta que surge del pabellón junto a la línea de partida: imperioso, melancólico, penetrante. Los caballos se alzan sobre sus esbeltas patas traseras y algunos relinchan como respuesta. Con semblante sereno, los jóvenes jinetes acarician el cuello de sus monturas y las calman susurrando: "Tranquilo, tranquilo, no te preocupes, todo saldrá bien, mi beldad, mi ilusión..." Ocupan sus puestos en la línea de salida. A lo largo de la pista, los espectadores son como un campo de hierba y flores al viento. El Festival de Verano ha comenzado.

¿Lo creen? ¿Aceptan el festival, la ciudad, la alegría? ¿No? Entonces, permítanme que lo describa una vez más.

En el subsuelo de uno de los hermosos edificios públicos de Omelas, o tal vez en el sótano de una de sus espaciosas casas particulares hay un lóbrego cuartucho. Tiene una puerta cerrada con llave y carece de ventanas. Una tenue luz se filtra polvorienta entre las rendijas de la carcomida madera y que procede de un ventanuco cubierto de telarañas de algún lugar del otro lado del sótano. En un ángulo del cuchitril un par de fregonas, con las bayetas tiesas, pestilentes, llenas de grumos, están junto a un balde oxidado. El suelo está sucio, pegajoso como es habitual en un sótano abandonado. El cuarto tiene tres pies de largo por dos de ancho: un simple armario para guardar las escobas y los enseres en desuso. En el cuarto hay un niño sentado. Podría ser un niño o una niña. Aparenta unos seis años pero en realidad tiene casi diez. Es retrasado mental. Tal vez nació anormal o se ha vuelto imbécil por el miedo, la desnutrición y el abandono. Se hurga la nariz y de vez en cuando se manosea los dedos de los pies o los genitales mientras se sienta encorvado en el rincón más alejado del balde y de las bayetas. Les tiene miedo. Las encuentra horribles. Cierra los ojos pero sabe que las fregonas siguen ahí, erguidas, y la puerta está cerrada y nadie acudirá. La puerta siempre está cerrada y nunca viene nadie salvo en ciertas ocasiones -la criatura no tiene noción del tiempo y los intervalos- en que la puerta cruje espantosamente, se abre y asoma una o varias personas. Entra una sola y de un puntapié le obliga a levantarse. Los otros jamás se le acercan sino que lo observan con ojos de horror y asco. La escudilla de comida y el jarro de agua se llenan rápidamente, se cierra la puerta, los ojos desaparecen. La gente que está en la puerta nunca habla pero el niño, que no siempre ha vivido en el cuarto de los trastos y recuerda la luz del sol y la voz de su madre, a veces habla: "Por favor, sáquenme de aquí. Seré bueno." Jamás le responden. Por las noches el niño gritaba pidiendo auxilio, gritaba muchísimo, pero ahora se limita a un débil quejido y cada vez habla menos. Está tan flaco que las piernas carecen de pantorrillas y tiene el vientre hinchado; solo se alimenta una vez al día con media escudilla de gachas con sebo. Va desnudo. Las nalgas y muslos son una masa de dolorosas llagas pues continuamente está sentado sobre su propio excremento.

Todos saben que existe, todo el pueblo de Omelas. Algunos han ido a verlo, otros se contentan únicamente con saber que está allí. Todos saben que tiene que estar. Algunos comprenden la razón, otros no pero ninguno ignora que su felicidad, la belleza de su pueblo, la ternura de sus amigos, la salud de sus hijos, la sabiduría de sus becarios, la habilidad de sus artesanos, incluso la abundancia de sus cosechas o el esplendor de su cielo dependen por completo de la abominable miseria de ese niño.

Se lo explican a los niños de ocho a diez años, siempre que estén capacitados para comprender, y casi todos los que van a verle son adolescentes, aunque con cierta frecuencia también un adulto acude y vuelve para ver al niño. Por muy bien que se lo expliquen, al verlo experimentan un asco que habían creído superar. A pesar de todas las explicaciones se les advierte furiosos, ultrajados, impotentes. Quisieran hacer algo por el niño, pero todo es inútil. ¡Qué hermoso sería si sacaran al sol a esa criatura, la limpiaran, le dieran de comer, la cuidasen! Pero si alguien lo hiciera, ese día y a esa hora, toda la prosperidad, la belleza y la dicha de Omelas quedarían destruidas. Esas son las condiciones. Cambiar todo el bienestar y la armonía de cada vida de Omelas por esa sola y pequeña rehabilitación: acabar con la felicidad de millares a cambio de la posibilidad de hacer feliz a uno: pero eso sería, por supuesto, reconocer la culpa, admitir el delito.


Las condiciones son estrictas y terminantes; no debe dirigirse al niño una sola palabra amable.

A veces los jóvenes regresan a sus casas llorando o con una furia sin lágrimas cuando han vista al niño y se han enfrentado a esa terrible paradoja. Tal vez meditan sobre ello, semanas y años, pero a medida que transcurre el tiempo comienzan a darse cuenta de que aunque soltaran al niño, de poco le serviría su libertad; sin duda, una ligera, vaga satisfacción por el cuidado humano y el alimento, pero muy poco más. Se halla demasiado degradado e imbécil para comprender la auténtica felicidad. Ha estado asustado demasiado tiempo para librarse del miedo. Sus costumbres son demasiado zafias e inciviles para que responda al trato humano. En efecto, después de tanto tiempo probablemente se sentiría infortunado sin los muros que lo protegen, sin la oscuridad para sus ojos, sin el propio excremento para sentarse. Sus lágrimas, ante la amarga injusticia, secan cuando empiezan a percibir la terrible justicia de la realidad y acaban aceptándola. Sin embargo, tal vez sus lágrimas y su rabia, el intento de su generosidad y la aceptación de su propia impotencia son la verdadera causa del esplendor de sus vidas. Su felicidad no es vacua e irresponsable. Saben que ellos, como el niño, no son libres. Conocen la compasión. La existencia del niño y el conocimiento de esa existencia hacen posible la elegancia de su arquitectura, el patetismo de su música, la profundidad de su ciencia. A causa del niño son tan amables con los niños. Saben que si ese desdichado no lloriquease en la oscuridad, el otro, el flautista, no tocaría esa alegre música mientras los jóvenes jinetes se ponen en filas sobre sus beldades para la carrera que se celebra la primera mañana de estío.

¿Que piensan ahora de ellos? ¿No son más dignos de crédito? Pero todavía tengo algo más que contarles, y esto es totalmente increíble.

A veces, un adolescente, chico o chica que va a ver al niño, no regresa a su casa para llorar o enfurecerse, no, en realidad no vuelve más a su hogar. Otras, un hombre o mujer de más edad cae en un mutismo absoluto durante unos días. Bajan a la calle, caminan solos y cruzan sin vacilar las hermosas puertas de Omelas. Siguen andando por las tierras de labrantío. Cada uno va solo, chico o chica, hombre o mujer. Anochece; el caminante pasa por las calles de la ciudad, ante las casas de ventanas iluminadas, y penetra en la oscuridad de los campos. Siempre solos, se dirigen al Oeste o al Norte, hacia las montañas. Prosiguen. Abandonan Omelas, siempre adelante, y no vuelven. El lugar adonde van es aún menos imaginable para nosotros que la ciudad de la felicidad. No puedo describirlo, en absoluto. Es posible que no exista. Pero parece que saben muy bien adónde se dirigen los que se alejan de Omelas.


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martes 6 de mayo de 2008

Gales

foto: Peter Watson



El Hada del Lago


Hace muchísimos años, en la brumosa Gales del Norte, y sobre la falda de la montaña, vigilaba un pastor sus rebaños. El día era obscuro y las nubes flotaban bajas sobre las montañas, ocultando el alto pico de Snowdon a su vista, haciendo que las onduladas aguas del lago que se extendía a sus pies, aparecieran grises y frías, como si fueran de acero.
De pronto, al mirar el pastor hacia las colinas lejanas, le pareció que el sol asomaba en algún punto del firmamento, pues las aceradas nubes tornábanse de un suave color dorado y reflejaban su brillo sobre el lago.

Pero, al dirigir su vista hacia el lago, descubrió que la luz provenía de una pequeña islita cercana a la playa, situada no muy lejos del lugar desde donde él contemplaba el magnífico espectáculo, apoyado sobre su bastón. No era, sin embargo, de la isla en sí de donde procedía la dorada luz, sino de una doncella, que de pie sobre la isla, peinaba su dorada y radiante cabellera; y al fijarse en ella, vio que era la joven más hermosa que había contemplado en su vida, o que contemplara en sus más dulces sueños...

Verla y amarla, fue todo uno; el corazón del pastor latió con fuerza al contemplarla. Con labios entreabiertos, y respirando apenas, bajó lentamente a la orilla, hasta que sólo una estrecha faja de agua lo separaba de la hermosa doncella.
Violo, entonces, ella, y sonriéndole dulcemente avanzó unos pasos y extendió sus brazos. Sin pensar en lo que hacía, sacó el pastor de su morral el queso y el duro pan que su madre le había dado para su cena.
Siguió avanzando la joven, deslizándose sobre la superficie del agua como si fuera tierra firme. Pero cuando estuvo más cerca y vio lo que el pastor tenía en sus manos, cantó con dulce voz:

No podrás, no, con ese queso alimentarme...
No podrás, con pan duro, conquistarme.

Extendió, entonces, el pastor sus manos, pero ella negó con la cabeza, y desapareció en el lago.

Al llegar esa noche el pastor a su casa, refirió a su madre lo que le había sucedido.
-¡No podré vivir sin ella! -terminó-. No podré vivir, si no logro que el hada del lago sea mi esposa.

Al día siguiente, como el hada había cantado que no le gustaba el pan duro de cebada, la mujer preparó un pan tierno y suave, y el pastor corrió a la orilla del lago.
Poco después, apareció la hermosa doncella deslizándose sobre el agua, mientras él le tendía el pan y el queso, y la llamaba suavemente.
Pero cuando estuvo cerca y vio la joven lo que el pastor le ofrecía, volvió a cantar, con triste voz:

No podrás, no, con ese queso alimentarme...
No podrás, con pan tierno, conquistarme.

Y a pesar de que el pastor le tendía sus brazos, y la llamaba, movió la joven la cabeza de un lado para otro, y volvió a desaparecer en el lago.

Cuando llegó a su casa, el muchacho refirió a su madre lo que había sucedido con el pan suave y tierno.
-Moriré si no puedo conquistarla -repetía tristemente-. No podré vivir, a menos que logre que el hada del lago sea mi esposa.
Horneó entonces su madre una hogaza especial; no era ni demasiado dura, ni demasiado suave; sino bien doradita por fuera, suave y esponjosa por dentro.

Al día siguiente, corrió el pastor nuevamente al lago, y no se movió en todo el día, mirando con ojos ansiosos hacia la islita. Pero el hada no aparecía, y las nubes eran más negras y densas que nunca, hasta que el lago volvió a ser una fría plancha de gris acero.
Pero, en el momento en que, desesperado, se disponía el pastor a alejarse, vio dos o tres pequeñas vacas que parecían caminar sobre el agua; y un momento después, vio a la hermosa doncella, caminando detrás de los animales.
Corriendo, llegó el joven hasta la orilla, y aún se aventuró unos pasos en el agua helada, sosteniendo el pan y el queso, y llamando a la joven.
Llegó ésta, en cuanto escuchó su voz, y después de tomar el pan y el queso, y de probarlos, cantó:

Con este queso sí podrás alimentarme...
Pan tan suave, y tan dorado
que ha logrado conquistarme.


Extendió entonces el pastor su mano hacia ella, confesándole su amor y diciéndole que moriría, a menos que quisiera ser su esposa. Tomó el hada la mano del pastor y permitió que la llevara tierra adentro.
-También te amo -dijo ella suavemente-, y seré tu esposa; una esposa tan buena, como cualquier joven de tu mundo. Pero, recuerda que si me pegas tres veces, me perderás. Al tercer golpe, volveré al palacio de mi padre, que está bajo el lago, y jamás regresaré.
Prometió el pastor, desde luego, que nunca la golpearía, y al subir por la colina y llegar a la cumbre, se volvió el hada y cantó:

Ven, jaspeada vaquilla, de blancas manchas;
vengan, mi hermosa vaca de lunares
y mis cuatro vacas coloradas;
ven tú, la del largo y blanco cuello
y tú la vaca negra y la castaña.
Ven, toro blanco, ven conmigo.
Venid, venid todos, con vuestra dueña.

Mientras cantaba, surgieron del lago varios animales que se les acercaron; y al entonar otra dulce balada, aparecieron cuatro enormes bueyes de color obscuro para tirar del arado, y un rebaño de borregos con espesos y brillantes vellones.
Era la dote del hada del lago. El pastor la llevó hasta su hogar; se casaron, fueron muy felices, y tuvieron tres hijos.

Poco después del nacimiento del tercero, precisamente el día en que iban a bautizar al pequeño, el pastor dijo a su esposa:
-Está muy lejos la iglesia para ir hasta allá a pie, con los niños. Trae los caballos e iremos en la carretela.
-¡Cómo no! -contestó la esposa-. Pero mientras tráeme mis guantes que dejé en la casa.
Recogió el pastor los guantes de su esposa, pero cuando salió con ellos en la mano, vio que aún no había ido por los caballos. La empujó ligeramente del hombro, con los guantes, y le dijo:
-¡Desobediente! ¡Corre por los caballos!
-Es el primero -contestó ella con una mirada extraña, y se alejó por los corceles.

Pasaron los años... El pastor y su esposa prosperaron notablemente. No había en toda Gales del Norte, leche o mantequilla como la que producían las vacas del hada; ningunas tierras estaban tan bien cultivadas como aquellas que abría el arado tirado por los bueyes mágicos; y no había lana mejor ni más fina, que la que se hilaba de los vellones de los borregos mágicos.

Un día, celebrábase la boda de la hija del señor del castillo cercano al lago; casábase la joven con un rico pero anciano caballero. Nuestros amigos estaban entre los invitados, y de pronto, la esposa hada estalló en lágrimas.
Su esposo la tocó, molesto, en el hombro, murmurando:
-¡Cállate, o se ofenderán! ¿Y por qué lloras, después de todo?
-Porque sé que esa pareja va a empezar a sufrir muy pronto - contestó, y añadió sollozando:
-Y nosotros también, pues me has pegado ya dos veces, sin motivo. Ten cuidado, mucho cuidado, pues el tercer golpe, será el último.

Siguió pasando el tiempo; el pastor se hacía viejo y los tres hijos del matrimonio, hombres hechos y derechos, estudiaban para hábiles y expertos médicos.

Y sucedió por aquel entonces, que el señor a quien pertenecían todas las tierras de los alrededores, murió, y el pastor y su esposa hada acudieron al funeral. Y mientras todos lloraban desconsolados, empezó la mujer a reír alegremente.
Sorprendido y abochornado, la arrastró el pastor hacia afuera y cubriendo los labios de su esposa con cierta violencia, le dijo:
-¿Te parece correcto reírte en momentos como éstos?
-Me reí -contestó ella-, porque el hombre que acaba de morir, ha dejado atrás todas sus penas y preocupaciones; en cambio tú, empezarás ahora con ellas, pues me has pegado por tercera vez. Debo abandonarte y regresar al lago.

Al terminar de decir estas palabras, pasó frente a la iglesia, y avanzando por la falda de la colina, se dirigió al lago, mientras cantaba:

Ven, jaspeada vaquilla, de blancas manchas;
vengan, mi hermosa vaca de lunares
y mis cuatro vacas coloradas;
ven tú, la del largo y blanco cuello
y tú la vaca negra y la castaña.
Ven, toro blanco, ven conmigo.
Venid, venid todos, con vuestra dueña.

Salieron las vacas que descansaban en los establos, algunas arrastrando sus pesebres. Poco después, aparecieron los bueyes, tirando aún del arado, y después los borregos y todas sus crías. Siguieron los animales al hada del lago; subieron por la colina, bajaron por el camino y desaparecieron en las negras aguas del lago...
Y nunca más se les volvió a ver. Aún se nota la huella que dejó el arado, a lo largo de la colina, por donde avanzaron los bueyes siguiendo a su dueña...

El viejo pastor lloró amargamente la pérdida de su esposa hada. Sus hijos trataban de consolarlo, diciéndole:
-No llores, padre. Con seguridad que está pendiente de nosotros, y algún día tal vez regrese.
Y todas las noches, aún después de muerto su padre, los tres hijos caminaban hasta la orilla del lago, llamando a su madre. Y una clara noche, de luna llena, vino, por fin, hacia ellos, joven y hermosa como el día en que el pastor la vio por primera vez.
Los saludó cariñosamente, les dijo que los amaba como siempre y prometió ayudarlos cuando se encontraran en alguna dificultad.
-Ahora -añadió-, os he traído estas plantas mágicas, para que, al usarlas, os convirtáis en los médicos más famosos de toda Gales. Esta es Buenavista, para curar todas las enfermedades de los ojos; esta, es Hierbafresca, para cortar la fiebre; y esta es Árnica, para toda clase de llagas y heridas. Plantadlas y cuidadlas, y seréis conocidos y afamados en todo el mundo.
Se despidió de ellos y volvió al lago. Todo lo que vaticinó, resultó verdad. Crecieron las plantas, y los hijos, nietos y biznietos de los tres médicos, las usaron, y todos los habitantes de Gales tuvieron motivo para bendecir, desde ese día, el nombre del hada del lago.


en Había Una Vez..., cuentos relatados por Roger Lancelyn Green, versión castellana de Mercedes Quijano de Mutiozábal, México: Editorial Novaro, 1964


lunes 5 de mayo de 2008

Bill Waterson

USA (1958)


Calvin and Hobbes


domingo 4 de mayo de 2008

Gaius Julius Caesar

Roma (100 A.C. - 44 A.C.)



I. Gallia est omnis divisa in partes tres, quarum unam incolunt Belgae, aliam Aquitani, tertiam qui ipsorum lingua Celtae, nostra Galli appellantur. Hi omnes lingua, institutis, legibus inter se differunt. Gallos ab Aquitanis Garumna flumen, a Belgis Matrona et Sequana dividit. Horum omnium fortissimi sunt Belgae, propterea quod a cultu atque humanitate provinciae longissime absunt, minimeque ad eos mercatores saepe commeant atque ea, quae ad effeminandos animos pertinent, important, proximique sunt Germanis, qui trans Rhenum incolunt, quibuscum continenter bellum gerunt. Qua de causa Helvetii quoque reliquos Gallos virtute praecedunt, quod fere cotidianis proeliis cum Germanis contendunt, cum aut suis finibus eos prohibent aut ipsi in eorum finibus bellum gerunt. Eorum una pars, quam Gallos obtinere dictum est, initium capit a flumine Rhodano, continetur Garumna flumine, Oceano, finibus Belgarum, attingit etiam ab Sequanis et Helvetiis flumen Rhenum, vergit ad septentriones. Belgae ab extremis Galliae finibus oriuntur, pertinent ad inferiorem partem fluminis Rheni, spectant in septentrionem et orientem solem. Aquitania a Garumna flumine ad Pyrenaeos montes et eam partem Oceani, quae est ad Hispaniam, pertinet; spectat inter occasum solis et septentriones.



en Guerra Gallica, 58 A.C.

sábado 3 de mayo de 2008

Julio Cortázar

Argentina-Francia (1914-1984)



La noche boca arriba


Y salían en ciertas épocas a cazar
enemigos; le llamaban la guerra florida.




A mitad del largo zaguán del hotel pensó que debía ser tarde, y se apuró a salir a la calle y sacar la motocicleta del rincón donde el portero de al lado le permitía guardarla. En la joyería de la esquina vio que eran las nueve menos diez; llegaría con tiempo sobrado adonde iba. El sol se filtraba entre los altos edificios del centro, y él —porque para sí mismo, para ir pensando, no tenía nombre— montó en la máquina saboreando el paseo. La moto ronroneaba entre sus piernas, y un viento fresco le chicoteaba los pantalones.

Dejó pasar los ministerios (el rosa, el blanco) y la serie de comercios con brillantes vitrinas de la calle Central. Ahora entraba en la parte más agradable del trayecto, el verdadero paseo: una calle larga, bordeada de árboles, con poco tráfico y amplias villas que dejaban venir los jardines hasta las aceras, apenas demarcadas por setos bajos. Quizá algo distraído, pero corriendo por la derecha como correspondía, se dejó llevar por la tersura, por la leve crispación de ese día apenas empezado. Tal vez su involuntario relajamiento le impidió prevenir el accidente. Cuando vio que la mujer parada en la esquina se lanzaba a la calzada a pesar de las luces verdes, ya era tarde para las soluciones fáciles. Frenó con el pié y con la mano, desviándose a la izquierda; oyó el grito de la mujer, y junto con el choque perdió la visión. Fue como dormirse de golpe.

Volvió bruscamente del desmayo. Cuatro o cinco hombres jóvenes lo estaban sacando de debajo de la moto. Sentía gusto a sal y sangre, le dolía una rodilla, y cuando lo alzaron gritó, porque no podía soportar la presión en el brazo derecho. Voces que no parecían pertenecer a las caras suspendidas sobre él, lo alentaban con bromas y seguridades. Su único alivio fue oír la confirmación de que había estado en su derecho al cruzar la esquina. Preguntó por la mujer, tratando de dominar la náusea que le ganaba la garganta. Mientras lo llevaban boca arriba hasta una farmacia próxima, supo que la causante del accidente no tenía más que rasguños en la piernas. «Usté la agarró apenas, pero el golpe le hizo saltar la máquina de costado...» Opiniones, recuerdos, despacio, éntrenlo de espaldas, así va bien, y alguien con guardapolvo dándole de beber un trago que lo alivió en la penumbra de una pequeña farmacia de barrio.

La ambulancia policial llegó a los cinco minutos, y lo subieron a una camilla blanda donde pudo tenderse a gusto. Con toda lucidez, pero sabiendo que estaba bajo los efectos de un shock terrible, dio sus señas al policía que lo acompañaba. El brazo casi no le dolía; de una cortadura en la ceja goteaba sangre por toda la cara. Una o dos veces se lamió los labios para beberla. Se sentía bien, era un accidente, mala suerte; unas semanas quieto y nada más. El vigilante le dijo que la motocicleta no parecía muy estropeada. «Natural», dijo él. «Como que me la ligué encima...» Los dos rieron, y el vigilante le dio la mano al llegar al hospital y le deseó buena suerte. Ya la náusea volvía poco a poco; mientras lo llevaban en una camilla de ruedas hasta un pabellón del fondo, pasando bajo árboles llenos de pájaros, cerró los ojos y deseó estar dormido o cloroformado. Pero lo tuvieron largo rato en una pieza con olor a hospital, llenando una ficha, quitándole la ropa y vistiéndolo con una camisa grisácea y dura. Le movían cuidadosamente el brazo, sin que le doliera. Las enfermeras bromeaban todo el tiempo, y si no hubiera sido por las contracciones del estómago se habría sentido muy bien, casi contento.

Lo llevaron a la sala de radio, y veinte minutos después, con la placa todavía húmeda puesta sobre el pecho como una lápida negra, pasó a la sala de operaciones. Alguien de blanco, alto y delgado, se le acercó y se puso a mirar la radiografía. Manos de mujer le acomodaron la cabeza, sintió que lo pasaban de una camilla a otra. El hombre de blanco se le acercó otra vez, sonriendo, con algo que le brillaba en la mano derecha. Le palmeó la mejilla e hizo una seña a alguien parado atrás.


Como sueño era curioso porque estaba lleno de olores y él nunca soñaba olores. Primero un olor a pantano, ya que a la izquierda de la calzada empezaban las marismas, los tembladerales de donde no volvía nadie. Pero el olor cesó, y en cambio vino una fragancia compuesta y oscura como la noche en que se movía huyendo de los aztecas. Y todo era tan natural, tenía que huir de los aztecas que andaban a caza de hombre, y su única probabilidad era la de esconderse en lo más denso de la selva, cuidando de no apartarse de la estrecha calzada que sólo ellos, los motecas, conocían.

Lo que más lo torturaba era el olor, como si aun en la absoluta aceptación del sueño algo se revelara contra eso que no era habitual, que hasta entonces no había participado del juego. «Huele a guerra», pensó, tocando instintivamente el puñal de piedra atravesado en su ceñidor de lana tejida. Un sonido inesperado lo hizo agacharse y quedar inmóvil, temblando. Tener miedo no era extraño, en sus sueños abundaba el miedo. Esperó, tapado por las ramas de un arbusto y la noche sin estrellas. Muy lejos, probablemente del otro lado del gran lago, debían estar ardiendo fuegos de vivac; un resplandor rojizo teñía esa parte del cielo. El sonido no se repitió. Había sido como una rama quebrada. Tal vez un animal que escapaba como él del olor de la guerra. Se enderezó despacio, venteando. No se oía nada, pero el miedo seguía allí como el olor, ese incienso dulzón de la guerra florida. Había que seguir, llegar al corazón de la selva evitando las ciénagas. A tientas, agachándose a cada instante para tocar el suelo más duro de la calzada, dio algunos pasos. Hubiera querido echar a correr, pero los tembladerales palpitaban a su lado. En el sendero en tinieblas, buscó el rumbo. Entonces sintió una bocanada horrible del olor que más temía, y saltó desesperado hacia adelante.

—Se va a caer de la cama —dijo el enfermo de al lado—. No brinque tanto, amigazo.
Abrió los ojos y era de tarde, con el sol ya bajo en los ventanales de la larga sala. Mientras trataba de sonreír a su vecino, se despegó casi físicamente de la última visión de la pesadilla. El brazo, enyesado, colgaba de un aparato con pesas y poleas. Sintió sed, como si hubiera estado corriendo kilómetros, pero no querían darle mucha agua, apenas para mojarse los labios y hacer un buche. La fiebre lo iba ganando despacio y hubiera podido dormirse otra vez, pero saboreaba el placer de quedarse despierto, entornados los ojos, escuchando el diálogo de los otros enfermos, respondiendo de cuando en cuando a alguna pregunta. Vio llegar un carrito blanco que pusieron al lado de su cama, una enfermera rubia le frotó con alcohol la cara anterior del muslo y le clavó una gruesa aguja conectada con un tubo que subía hasta un frasco lleno de líquido opalino. Un médico joven vino con un aparato de metal y cuero que le ajustó al brazo sano para verificar alguna cosa. Caía la noche, y la fiebre lo iba arrastrando blandamente a un estado donde las cosas tenían un relieve como de gemelos de teatro, eran reales y dulces y a la vez ligeramente repugnantes; como estar viendo una película aburrida y pensar que sin embargo en la calle es peor; y quedarse.

Vino una taza de maravilloso caldo de oro oliendo a puerro, a apio, a perejil. Un trocito de pan, más precioso que todo un banquete, se fue desmigajando poco a poco. El brazo no le dolía nada y solamente en la ceja, donde lo habían suturado, chirriaba a veces una punzada caliente y rápida. Cuando los ventanales de enfrente viraron a manchas de un azul oscuro, pensó que no le iba a ser difícil dormirse. Un poco incómodo, de espaldas, pero al pasarse la lengua por los labios resecos y calientes sintió el sabor del caldo, y suspiró de felicidad, abandonándose.

Primero fue una confusión, un atraer hacia sí todas las sensaciones por un instante embotadas o confundidas. Comprendía que estaba corriendo en plena oscuridad, aunque arriba el cielo cruzado de copas de árboles era menos negro que el resto. «La calzada», pensó. «Me salí de la calzada.» Sus pies se hundían en un colchón de hojas y barro, y ya no podía dar un paso sin que las ramas de los arbustos le azotaran el torso y las piernas. Jadeante, sabiéndose acorralado a pesar de la oscuridad y el silencio, se agachó para escuchar. Tal vez la calzada estaba cerca, con la primera luz del día iba a verla otra vez. Nada podía ayudarlo ahora a encontrarla. La mano que sin saberlo él aferraba el mango del puñal, subió como el escorpión de los pantanos hasta su cuello, donde colgaba el amuleto protector. Moviendo apenas los labios musitó la plegaria del maíz que trae las lunas felices, y la súplica a la Muy Alta, a la dispensadora de los bienes motecas. Pero sentía al mismo tiempo que los tobillos se le estaban hundiendo despacio en el barro, y al la espera en la oscuridad del chaparral desconocido se le hacía insoportable. La guerra florida había empezado con la luna y llevaba ya tres días y tres noches. Si conseguía refugiarse en lo profundo de la selva, abandonando la calzada mas allá de la región de las ciénagas, quizá los guerreros no le siguieran el rastro. Pensó en los muchos prisioneros que ya habrían hecho. Pero la cantidad no contaba, sino el tiempo sagrado. La caza continuaría hasta que los sacerdotes dieran la señal del regreso. Todo tenía su número y su fin, y él estaba dentro del tiempo sagrado, del otro lado de los cazadores.

Oyó los gritos y se enderezó de un salto, puñal en mano. Como si el cielo se incendiara en el horizonte, vio antorchas moviéndose entre las ramas, muy cerca. El olor a guerra era insoportable, y cuando el primer enemigo le saltó al cuello casi sintió placer en hundirle la hoja de piedra en pleno pecho. Ya lo rodeaban las luces, los gritos alegres. Alcanzó a cortar el aire una o dos veces, y entonces una soga lo atrapó desde atrás.

—Es la fiebre —dijo el de la cama de al lado—. A mí me pasaba igual cuando me operé del duodeno. Tome agua y va a ver que duerme bien.

Al lado de la noche de donde volvía, la penumbra tibia de la sala le pareció deliciosa. Una lámpara violeta velaba en lo alto de la pared del fondo como un ojo protector. Se oía toser, respirar fuerte, a veces un diálogo en voz baja. Todo era grato y seguro, sin ese acoso, sin... Pero no quería seguir pensando en la pesadilla. Había tantas cosas en qué entretenerse. Se puso a mirar el yeso del brazo, las poleas que tan cómodamente se lo sostenían en el aire. Le habían puesto una botella de agua mineral en la mesa de noche. Bebió del gollete, golosamente. Distinguía ahora las formas de la sala, las treinta camas, los armarios con vitrinas. Ya no debía tener tanta fiebre, sentía fresca la cara. La ceja le dolía apenas, como un recuerdo. Se vio otra vez saliendo del hotel, sacando la moto. ¿Quién hubiera pensado que la cosa iba a acabar así? Trataba de fijar el momento del accidente, y le dio rabia advertir que había ahí como un hueco, un vacío que no alcanzaba a rellenar. Entre el choque y el momento en que lo habían levantado del suelo, un desmayo o lo que fuera no le dejaba ver nada. Y al mismo tiempo tenía la sensación de que ese hueco, esa nada, había durado una eternidad. No, ni siquiera tiempo, más bien como si en ese hueco él hubiera pasado a través de algo o recorrido distancias inmensas. El choque, el golpe brutal contra el pavimento. De todas maneras al salir del pozo negro había sentido casi un alivio mientras los hombres lo alzaban del suelo. Con el dolor del brazo roto, la sangre de la ceja partida, la contusión en la rodilla; con todo eso, un alivio al volver al día y sentirse sostenido y auxiliado. Y era raro. Le preguntaría alguna vez al médico de la oficina. Ahora volvía a ganarlo el sueño, a tirarlo despacio hacia abajo. La almohada era tan blanda, y en su garganta afiebrada la frescura del agua mineral. Quizá pudiera descansar de veras, sin las malditas pesadillas. La luz violeta de la lámpara en lo alto se iba apagando poco a poco.

Como dormía de espaldas, no lo sorprendió la posición en que volvía a reconocerse, pero en cambio el olor a humedad, a piedra rezumante de filtraciones, le cerró la garganta y lo obligó a comprender. Inútil abrir los ojos y mirar en todas direcciones; lo envolvía una oscuridad absoluta. Quiso enderezarse y sintió las sogas en las muñecas y los tobillos. Estaba estaqueado en el suelo, en un piso de lajas helado y húmedo. El frío le ganaba la espalda desnuda, las piernas. Con el mentón buscó torpemente el contacto con su amuleto, y supo que se lo habían arrancado. Ahora estaba perdido, ninguna plegaria podía salvarlo del final. Lejanamente, como filtrándose entre las piedras del calabozo, oyó los atabales de la fiesta. Lo habían traído al teocalli, estaba en las mazmorras del templo a la espera de su turno.

Oyó gritar, un grito ronco que rebotaba en las paredes. Otro grito, acabando en un quejido. Era él que gritaba en las tinieblas, gritaba porque estaba vivo, todo su cuerpo se defendía con el grito de lo que iba a venir, del final inevitable. Pensó en sus compañeros que llenarían otras mazmorras, y en los que ascendían ya los peldaños del sacrificio. Gritó de nuevo sofocadamente, casi no podía abrir la boca, tenía las mandíbulas agarrotadas y a la vez como si fueran de goma y se abrieran lentamente, con un esfuerzo interminable. El chirriar de los cerrojos lo sacudió como un látigo. Convulso, retorciéndose, luchó por zafarse de las cuerdas que se le hundían en la carne. Su brazo derecho, el más fuerte, tiraba hasta que el dolor se hizo intolerable y tuvo que ceder. Vio abrirse la doble puerta, y el olor de las antorchas le llegó antes que la luz. Apenas ceñidos con el taparrabos de la ceremonia, los acólitos de los sacerdotes se le acercaron mirándolo con desprecio. Las luces se reflejaban en los torsos sudados, en el pelo negro lleno de plumas. Cedieron las sogas, y en su lugar lo aferraron manos calientes, duras como bronce; se sintió alzado, siempre boca arriba tironeado por los cuatro acólitos que lo llevaban por el pasadizo. Los portadores de antorchas iban adelante, alumbrando vagamente el corredor de paredes mojadas y techo tan bajo que los acólitos debían agachar la cabeza. Ahora lo llevaban, lo llevaban, era el final. Boca arriba, a un metro del techo de roca viva que por momentos se iluminaba con un reflejo de antorcha. Cuando en vez del techo nacieran las estrellas y se alzara frente él la escalinata incendiada de gritos y danzas, sería el fin. El pasadizo no acababa nunca, pero ya iba a acabar, de repente olería el aire libre lleno de estrellas, pero todavía no, andaban llevándolo sin fin en la penumbra roja, tironeándolo brutalmente, y él no quería, pero cómo impedirlo si le habían arrancado el amuleto que era su verdadero corazón, el centro de la vida.

Salió de un brinco a la noche del hospital, al alto cielo raso dulce, a la sombra blanda que lo rodeaba. Pensó que debía haber gritado, pero sus vecinos dormían callados. En la mesa de noche, la botella de agua tenía algo de burbuja, de imagen traslúcida contra la sombra azulada de los ventanales. Jadeó buscando el alivio de los pulmones, el olvido de esas imágenes que seguían pegadas a sus párpados. Cada vez que cerraba los ojos las veía formarse instantáneamente, y se enderezaba aterrado pero gozando a la vez del saber que ahora estaba despierto, que la vigilia lo protegía, que pronto iba a amanecer, con el buen sueño profundo que se tiene a esa hora, sin imágenes, sin nada... Le costaba mantener los ojos abiertos, la modorra era más fuerte que él. Hizo un último esfuerzo, con la mano sana esbozó un gesto hacia la botella de agua; no llegó a tomarla, sus dedos se cerraron en un vacío otra vez negro, y el pasadizo seguía interminable, roca tras roca, con súbitas fulguraciones rojizas, y él boca arriba gimió apagadamente porque el techo iba a acabarse, subía, abriéndose como una boca de sombra, y los acólitos se enderezaban y de la altura una luna menguante le cayó en la cara donde los ojos no querían verla, desesperadamente se cerraban y abrían buscando pasar al otro lado, descubrir de nuevo el cielo raso protector de la sala. Y cada vez que se abrían era la noche y la luna mientras lo subían por la escalinata, ahora con la cabeza colgando hacia abajo, y en lo alto estaban las hogueras, las rojas columnas de humo perfumado, y de golpe vio la piedra roja, brillante de sangre que chorreaba, y el vaivén de los pies del sacrificado que arrastraban para tirarlo rodando por las escalinatas del norte. Con una última esperanza apretó los párpados, gimiendo por despertar. Durante un segundo creyó que lo lograría, porque otra vez estaba inmóvil en al cama, a salvo del balanceo cabeza abajo. Pero olía la muerte, y cuando abrió los ojos vio la figura ensangrentada del sacrificador que venía hacia él con el cuchillo de piedra en la mano. Alcanzó a cerrar otra vez los párpados, aunque ahora sabía que no iba a despertarse, que estaba despierto, que el sueño maravilloso había sido el otro, absurdo como todos los sueños; un sueño en el que había andado por extrañas avenidas de una ciudad asombrosa, con luces verdes y rojas que ardían sin llama ni humo, con un enorme insecto de metal que zumbaba bajo sus piernas. En la mentira infinita de ese sueño también lo habían alzado del suelo, también alguien se le había acercado con un cuchillo en la mano, a él tendido boca arriba, a él boca arriba con los ojos cerrados entre las hogueras.


en Final del juego, 1956


viernes 2 de mayo de 2008

Caetano Veloso

Brasil (1942)






Onde o Rio é mais baiano

A Bahia,
Estação primeira do Brasil
Ao ver a Mangueira nela inteira se viu,
Exibiu-se sua face verdadeira.
Que alegria
Não ter sido em vão que ela expediu
As Ciatas pra trazerem o samba pra o Rio
(Pois o mito surgiu dessa maneira).
E agora estamos aqui
Do outro lado do espelho
Com o coração na mão
Pensando em Jamelão no Rio Vermelho
Todo ano, todo ano
Na festa de Iemanjá
Presente no dois de fevereiro
Nós aqui e ele lá
Isso é a confirmação de que a Mangueira
É onde o Rio é mais baiano.


en Prenda Minha, 2000








winds again
& your bones & flesh
strewn around
the ravaged land,
whitened, dry blown in the chilly dust

it’s winter, mama:
the cold eats
what’s left of the terrace:
the birds darting out of the palm tree
in the blinding blue of the harbor at noon,
in the flashing black of the harbor at night

& your eyes in mine:
no more


jueves 1 de mayo de 2008

Mijaíl Bakunin

Rusia (1814-1876)




Todo gobierno tiene una tendencia doble, persigue un doble objetivo: preservar y reforzar el Estado, esto es, la dominación sistematizada y legalizada que la clase dirigente ejerce sobre el pueblo explotado; conservar sus propias y exclusivas ventajas gubernamentales y mantener su personal (...). En la persecución de su segundo objetivo, se torna hostil al pueblo y a las clases privilegiadas. Incluso hay momentos en la historia en que el gobierno parece volverse más hostil contra las clases poseedoras que contra el pueblo. Esto sucede cuando los privilegiados, descontentos con tal o cual gobierno en particular, tratan de sustituirlo o de disminuir su poder (...). Pero estos períodos no pueden prolongarse mucho, pues el gobierno, cualquiera sea su naturaleza, no puede existir sin una clase privilegiada, de la misma manera que esta última no puede existir sin un gobierno.


en La ciencia y la urgente tarea revolucionaria, 1870

martes 29 de abril de 2008

Ferreira Gullar

Brasil (1930)

Traduzir-se

Uma parte de mim
é todo mundo:
outra parte é ninguém:
fundo sem fundo.

Uma parte de mim
é multidão:
outra parte estranheza
e solidão.

Uma parte de mim
pesa, pondera:
outra parte
delira.

Uma parte de mim
almoça e janta:
outra parte
se espanta.

Uma parte de mim
é permanente:
outra parte
se sabe de repente.

Uma parte de mim
é só vertigem:
outra parte,
linguagem.

Traduzir uma parte
na outra parte
- que é uma questão
de vida ou morte -
será arte?



en Na vertigem do dia, 1975-1980



por Adriana Calcanhoto, música: Raimundo Fagner

lunes 28 de abril de 2008

Wanda Coleman

USA (1946)


Mastectomy

the fall of
velvet plum points and umber aureolae

remember living

forget cool evening air kisses the rush of
liberation freed from the brassiere

forget the cupping of his hands the pleasure
his eyes looking down/anticipating

forget his mouth. his tongue at the nipples
his intense hungry nursing

forget sensations which begin either
on the right or the left. go thru the body
linger between thighs

forget the space once grasped during his ecstasy

sweet sweet mama you taste so


~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~


Mastectomía

la caída de
las aterciopeladas puntas de ciruela y las aureolas ocres

recuerda la vida

olvida los besos del fresco aire del atardecer la oleada de
la liberación al caer el corpiño

olvida las manos de él alrededor/ el placer
los ojos de él mirando hacia abajo/ilusionado

olvida la boca de él. su lengua en los pezones
su intenso hambriento mamar

olvida las sensaciones que empiezan o
a la derecha o a la izquierda. recorre/atraviesa el cuerpo
se detiene entre los muslos

olvida el espacio que antes agarrabas durante el éxtasis de él

"oh dulce dulce mamá qué sabor el tuyo!"



versión de Gabriela Adelstein y Gabriela De Cicco

en http://poemaseningles.blogspot.com/


sábado 26 de abril de 2008

Gabriela Liffschitz

Argentina (1963-2004)



en Efectos colaterales, 2003

ver http://www.eduardogil.com/invitados/Liffschitz/index.htm


viernes 25 de abril de 2008

Astor Piazzolla & Mina




Balada para mi muerte

Moriré en Buenos Aires, será de madrugada,
guardaré mansamente las cosas de vivir,
mi pequeña poesía de adioses y de balas,
mi tabaco, mi tango, mi puñado de esplín.

Me pondré por los hombros, de abrigo, toda el alba,
mi penúltimo whisky quedará sin beber,
llegará, tangamente, mi muerte enamorada,
yo estaré muerto, en punto, cuando sean las seis.

Hoy que Dios me deja de soñar,
a mi olvido iré por Santa Fe,
sé que en nuestra esquina vos ya estás
toda de tristeza, hasta los pies.
Abrazame fuerte que por dentro
me oigo muertes, viejas muertes,
agrediendo lo que amé.
Alma mía, vamos yendo,
llega el día, no llorés.

Moriré en Buenos Aires, será de madrugada,
que es la hora en que mueren los que saben morir.
Flotará en mi silencio la mufa perfumada
de aquel verso que nunca yo te supe decir.

Andaré tantas cuadras y allá en la plaza Francia,
como sombras fugadas de un cansado ballet,
repitiendo tu nombre por una calle blanca,
se me irán los recuerdos en puntitas de pie.

Moriré en Buenos Aires, será de madrugada,
guardaré mansamente las cosas de vivir,
mi pequeña poesía de adioses y de balas,
mi tabaco, mi tango, mi puñado de esplín.

Me pondré por los hombros, de abrigo, toda el alba,
mi penúltimo whisky quedará sin beber,
llegará, tangamente, mi muerte enamorada,
yo estaré muerto, en punto, cuando sean las seis,
cuando sean las seis, ¡cuando sean las seis!



Horacio Ferrer - Astor Piazzolla (1968)